La difícil situación de las escuelas rurales en Colombia

En 2016, el promedio de años de educación en una zona rural fue de 5,5 años por estudiante, mientras que en una urbana fue de 9,6.

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Sólo el 37 % de las escuelas rurales tienen servicio de agua potable. / Cortesía Fundación Empresarios por la Educación

El pasado miércoles 16 de mayo se presentaron los últimos resultados del Índice Sintético de Calidad Educativa (ISCE), que evalúa el progreso, el desempeño, la eficiencia y el ambiente escolar de las instituciones educativas en Colombia. Los resultados de esta medición demostraron que en algunas zonas rurales del departamento de Nariño están los colegios con mejores rendimientos. Sin embargo, las brechas en la calidad y el acceso a la educación entre escuelas rurales y urbanas siguen siendo muy profundas. Así lo reveló el documento Reflexiones innegociables en educación básica y media para 2018-2022, publicado hace poco por la Fundación Empresarios por la Educación.

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Al terminar 2015, en Colombia había más de 5 millones de niñas, niños y adolescentes por fuera del sistema educativo nacional, un tercio del total de menores de edad que habitan en el país. De esa población que no asistía a la escuela, el 40 % vivía en zonas rurales afectadas por el conflicto armado. Hoy en día, esta situación no ha cambiado significativamente.

Uno de los resultados más preocupantes del informe demuestra que en 2016 el promedio de años de educación en una zona rural fue de 5,5 años por estudiante, mientras que en una urbana fue de 9,6. “Un niño de la ciudad está recibiendo más de un 50 % adicional de educación que uno del campo”, se lee en el documento. Además, las cifras de asistencia a primaria y secundaria en el campo son mucho menores que las de la ciudad, y la deserción escolar en las zonas rurales es casi el doble que la de los centros urbanos. De hecho, el estudio informó que 13,8 % de los niños del campo entre 12 y 15 años no asistían al colegio.

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A estas diferencias injustificables en pleno siglo XXI se les suman las increíbles distancias en el acceso a servicios básicos entre las escuelas del campo y los colegios de la ciudad. En las zonas rurales, por ejemplo, sólo el 37 % de los centros educativos tienen agua potable, mientras que en la ciudad el 100 % de los colegios tienen garantizado este servicio. Algo parecido ocurre con el acceso a internet. En las urbes, 91 de cada 100 colegios tienen wi-fi o banda ancha, pero en el campo sólo 53 de cada 100 pueden disfrutar de este privilegio.

Otros índices similares, como la electricidad, las líneas telefónicas activas y los baños en buen estado, condiciones de infraestructura mínimas para el buen desempeño de los estudiantes, confirman que, lejos de cerrarse, estas brechas se mantienen y se complejizan (ver infografía).

La combinación entre deserción escolar y servicios básicos insatisfechos puede ser una de las causas por las que a los jóvenes pobres y rurales les va tan mal en las pruebas Pisa. La Fundación Empresarios por la Paz informó que a pesar de que Colombia fue el país con mayores mejoras en este examen entre 2006 y 2015, frente a sus pares latinoamericanos, también fue el que menos disminuyó las brechas entre los niveles socioeconómicos más altos y los más bajos. “Se estima que de seguir al mismo ritmo de los últimos años, Colombia pasará a ser el país con mayores brechas entre ricos y pobres para finales del próximo gobierno”, aseguraron los investigadores.

La situación se agrava si tenemos en cuenta que uno de cada cuatro colombianos forma parte de la población rural y que el 44 % de ésta se encuentra en situación de pobreza multidimensional. Además, los jóvenes del campo han sentido con más fuerza el efecto del conflicto armado. Entre 2013 y 2015 se reclutó un niño por día. En el mismo período, 65 escuelas rurales fueron afectadas por la guerra.

De acuerdo con el estudio, Colombia sigue en los últimos puestos dentro de los países que presentan las pruebas Pisa. “Colombia escasamente pasaría de tener resultados “pobres” a “aceptables” para finales del próximo gobierno, y, según la Unesco, le tomaría más de 30 años alcanzar un nivel medio de aprendizaje”.

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Los resultados de las pruebas Saber son aún más preocupantes. Las brechas entre niños de quinto y noveno grados de distintos niveles socioeconómicos aumentaron drásticamente desde 2009 hasta 2016. Para Luz Emith Castro, subdirectadora de la Fundación ExE, estas brechas reflejan la desigualdad que ha caracterizado al país. “Tenemos una deuda histórica con la ruralidad. Las condiciones educativas de las zonas abandonadas por el Estado y afectadas por el conflicto armado son críticas. Estamos profundizando iniquidades y condenando a generaciones completas a condiciones de pobreza estructural, y eso tiene que cambiar”, dijo Castro en entrevista con este diario.

La situación de los docentes de las escuelas rurales también es grave. Según el informe, los maestros de las veredas no tienen acceso a una red de docentes para intercambiar buenas prácticas, ni acompañamiento en aula, ni suficiente material de apoyo. “El nivel de formación de los profesores en zonas rurales es mucho menor comparado con el de las ciudades. El porcentaje de maestros con título de bachiller, normalista o sin título es mayor que en las zonas urbanas”.

En conclusión, la educación rural en Colombia tiene menores niveles de acceso, permanencia, pertinencia y desempeño que la urbana. Por eso, es necesario promover políticas públicas que busquen cerrar las brechas educativas y, al tiempo, garanticen el desarrollo integral de los jóvenes colombianos.

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