Tomar guarapo con pólvora, el camino de un niño guerrero

Muchos niños se vieron expuestos al uso de sustancias sicoactivas o estimulantes para poder enfrentar el grado de violencia de los combates armados.

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- Nos daban pólvora con guarapo. Nos servían, pero fuerte, de esos guarapos que lo emborrachan a uno, se lo servían a uno en un vasito, después destapaban la jiba y le echaban la pólvora ahí y se la tenía que tomar.

- ¿Y de quién era esa idea?

- Del comandante

- ¿Pero eso era antes del combate?

- Antes de salir a patrullar

- ¿Qué sentía uno?

- Rabia, como que eso era como pa´ darle rabia a uno, sí me entiende, pa´ cuando uno esté en el combate el objetivo es matar, matar, matar, ese es el objetivo.

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Eso narró un hombre de 19 años que se apartó de las filas de un reducto armado de los paramilitares. Había sobrevivido a la guerra cinco años. Había sido reclutado a los 14 años. El diálogo lo sostuvo con una investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en Medellín, en 2016.

Otro adolescente, de 17 años, esta vez desvinculado de las Farc, contó lo que sentía cuando consumía pólvora con sangre o con tinto para los combates, recuerda una sensación entre concentración y adormecimiento.

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“El primer combate fue muy miedoso. Duró medio día, ingresamos desde las seis de la mañana que se nos metieron allá, hasta las doce del día los sacamos corriendo a los paracos. Aunque quería echarme pa´ atrás, me echaban pa´ adelante; me decían pa´ atrás no mire, pa´ atrás no echa impulso porque lo asustan. Y yo, ah bueno, entonces echar pa´lante, pa´lante, y así. El segundo combate ya fue un poquito más suave, ya solamente tomábamos sangre con pólvora, o uno tomaba un tinto con pólvora. La pólvora lo concentra a uno en lo que está haciendo y uno no siente casi el sonido de los demás fusiles. Ya uno se va acoplando a eso. Una cortina entraba, la otra salía a cargar y a descansar y volvía y entraba, eso era de aquí pa´ allá y de allá pa´ acá. En un combate, desde que esté peleando y todo, esté seguro y resignado de que se murió y listo. El que se murió perdió lo bueno. En un combate, bueno chino nos vemos. Todos se despedían. Muchas veces moría uno, dos. Mucha gente nueva, también los más viejos. Cuando uno menos piensa le llega el día”.

Este testimonio quedó registrado en el libro Los pequeños Ejércitos, citado en Una guerra sin edad, informe nacional de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado colombiano del CNMH.

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“El combate es una experiencia cruda”, dice este informe, y ha requerido de escudos psicológicos para enfrentar la violencia que se padece. “Es así como muchos niños, niñas y adolescentes se han visto expuestos al uso de sustancias sicoactivas u otro tipo de sustancias para poder enfrentarlos combates o, simplemente, para acelerar el comportamiento y liberar más adrenalina pues, en el cruce de disparos, la relación con la muerte y el peligro son una constante”, menciona el documento. Es el caso del consumo de la mezcla del contenido de los casquillos de las armas con guarapo, alcohol u otra bebida. Este tipo de práctica fue más usual en los grupos paramilitares y lo sigue siendo en los reductos armados que surgieron tras su desmovilización. Pero no fue exclusivo de ellos.

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“Es conocido el uso y consumo de sustancias sicoactivas en general en los grupos armados, a pesar de que en muchos casos está expresamente prohibido en sus directrices”.  Las Farc han reglado y prohibido el consumo de sustancias sicoactivas a través de sus estatutos, así como lo hicieron los grupos paramilitares, por ejemplo, en el Reglamento de Régimen Disciplinario para las Accu. Sin embargo, según el CNMH, en su trabajo de campo hubo mención de uso y consumo de marihuana, bazuco, chimo y alcohol como parte de la vida en filas.

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