"Nos estamos quedando solos”: única víctima colombiana que estuvo en examen de DD.HH. en Suiza

La asistente a la sede de la ONU en Ginebra habló para El Espectador de la tristeza que le produjo el discurso del Gobierno colombiano y de que está dispuesta a entregar su vida con tal de lograr la paz en el país.

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Erlendy Cuero Bravo es la vicepresidenta de la Asociación Afrocolombiana de Desplazados (Afrodes). /Foto: Carmen Lucía Castaño

Erlendy Cuero Bravo fue quizás la asistente al Examen de Derechos Humanos (EPU) de Colombia en la sede de la ONU en Ginebra, el pasado 9 de mayo, que más sabía sobre el tema estudiado. Su estatus, a diferencia de los delegados, de los embajadores ante las Naciones Unidas o de los miembros de la delegación del Gobierno colombiano, se lo da la vida misma. No necesita de diplomas o cursos para demostrar su conocimiento. Lo único que basta para darse cuenta de su autoridad para referirse a temas de derechos humanos es escucharla hablar. Sin embargo, en el Salón de la Civilización, en donde se realizó el examen el miércoles pasado, Erlendy Cuero pasó desapercibida.

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“A mi papá lo mataron los paramilitares. Primos y tíos también han muerto en la guerra. El año pasado me mataron a mi hermano. Y yo soy desplazada y fui abusada sexualmente por la guerrilla”. Con estas frases, la vicepresidenta de la Asociación Afrocolombiana de Desplazados (Afrodes), Erlendy Cuero Bravo, resume lo que le ha tocado vivir. Su vida en Buenaventura y los pasos que ha tenido que dar para escapar de la muerte la llevaron hasta Ginebra para saber qué es lo que pasa realmente en el EPU y saber si, en realidad, sus clamores, y los de cientos de defensores de derechos humanos y líderes sociales, están siendo escuchados por órganos internacionales. En diálogo con El Espectador, Cuero Bravo confesó que siente tristeza por lo que vio en Suiza.

¿Por qué se animó a venir hasta Suiza para el EPU?

Me interesaba conocer de primera mano lo que pasa aquí y qué fue lo que le entregó el Gobierno al Comité de Derechos Humanos. También me interesaba venir para revisar qué temas de los que nosotros hablamos se tuvieron en cuenta para exponer en el examen, sobre todo lo que tiene que ver con la población afro y las víctimas en Colombia. Estamos muy preocupados por lo que está pasando en nuestro territorio.

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¿Por qué?

Porque fuimos las víctimas las que apoyamos el proceso y ahora nos están matando. Ahora estamos peor de lo que estábamos antes de la firma del Acuerdo. Nosotros sabíamos que la construcción de la paz no iba a ser fácil, pero esperábamos articular una paz desde lo territorial hacia lo nacional y que contara con las voces de quienes hemos estado inmersos en la guerra. Pero no nos sentimos reconocidos. El Gobierno, en vez de coger el Acuerdo como una política pública, se ha encargado de politizarlo. Estamos en una situación en la que si apoyamos la paz somos guerrilleros, y si no, somos paramilitares. Eso no ayuda a un país. Sabemos, de todas maneras, que es un reto que debemos lograr a como dé lugar. Es nuestro desafío.

¿Y qué expectativas tenía del EPU?

Es muy triste lo que pasó. Yo esperaba que Colombia reconociera la situación tan delicada en la que estamos, pero no lo hizo. Si tenemos un Estado que no reconoce las necesidades que tenemos de construir la paz, no vamos a poder seguir trabajando. Me pareció que fue un informe que construyó el Gobierno de Colombia desde su escritorio en Bogotá. Fue un documento bonito, por ponerle un adjetivo. Pero no acorde a la realidad que vivimos en nuestro país. Así no podemos avanzar.

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¿Y sobre las recomendaciones que hicieron los países?

Estuve muy de acuerdo con las de la mayoría de países. Las naciones que participaron en el examen no son ajenas a lo que está pasando en Colombia. Saben muy bien la situación que estamos viviendo los líderes y defensores de derechos humanos, porque lo mencionaron muchísimo. También en temas de protección a los derechos de la mujer, de grupos étnicos y a la niñez. Aunque el Estado colombiano quiera disimular y no quiera enfrentar la realidad, y quede contento con las felicitaciones que recibieron por la firma de la paz, el resto del mundo se está dando cuenta y por eso le sugiere que haga algo con la situación.

¿Qué pueden seguir haciendo desde las regiones para que esto cambie?

Creo que lo importante es que sigamos avanzando. Que los líderes y defensores sigamos presionando para que las cosas cambien, así tengamos la muerte a la vuelta. Lo que me queda claro después de escuchar el examen es que tenemos que seguir escribiéndoles a Naciones Unidas y a todas las entidades internacionales para que sigan ayudándonos, porque en Colombia nos estamos quedando solos. Me aterra que el Gobierno insista en que el país está avanzando en normatividad, como lo dijo la alta consejera de Derechos Humanos en la sesión de Ginebra. Ese no es nuestro problema.

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Y entonces, ¿cuál es?

En Colombia tenemos todas las leyes y decretos de protección. Es lógico que avancemos en normatividad. Pero no es necesario seguir escribiendo más. Tenemos un acuerdo de cientos de páginas que ni siquiera hemos podido comenzar a aplicar sin que nos maten. Aquí lo que necesitamos es cumplir las normas que ya existen en el papel. Pero no hemos encontrado la manera de pasar del dicho al hecho, como dicen en mi pueblo. ¿Cómo hacemos para superar esa brecha de indiferencia y saltar ese vacío tan abismal que tenemos?

¿Cómo hacemos?

Trabajando con los territorios que sí sabemos lo que es vivir la guerra. Hay que hacer cumplir esas leyes ahí.

Su hermano, Bernardo Cuero, es uno de los 261 líderes asesinados, según la Fiscalía, entre 2016 y abril de 2018. El ente investigador y el Ministerio del Interior explicaron orgullosos en la ONU que el 41 % de esos casos ya estaban esclarecidos. ¿Es cierto?

Sabemos que hoy hay una persona capturada por el caso, que es quien habría apretado el gatillo, o sea, el autor material. Pero todavía no hay sentencia. Nuestro problema no es con ese sicario, porque a ellos los encuentran en cualquier esquina. Lo que queremos, como familia, es encontrar al autor intelectual de los hechos, porque ese es el cerebro de los asesinatos. Bernardo era un líder que llevaba más de 35 años trabajando con la sociedad y venía demandando y denunciando violaciones de derechos humanos. Él sabía que lo iban a matar y, efectivamente, lo mataron. Él era el que iba a los territorios étnicos a dictar conferencias y charlas sobre los derechos de estos grupos.

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¿Por qué insistió en seguir trabajando si estaba seguro de que lo iban a matar?

Es una pérdida muy dura porque Bernardo era un hombre que se interesó de lleno en ayudar a la comunidad. Sabía que para hacerlo debía formarse de la mejor manera, y por eso estaba terminando su carrera de derecho. El Gobierno, pese a las insistencias que le habíamos hecho de que la vida de Bernardo corría peligro, no le ayudó de ninguna manera. Bernardo me decía: “Hermanita, yo sé que mis días están contados”. Pero siguió trabajando. “Yo prefiero morir haciendo lo que estoy haciendo y no quedarme callado”, decía Bernardo. Yo estoy tratando de aceptar su muerte porque murió haciendo lo que quería, porque no soportaba la injusticia. Si él paraba de trabajar, era como matarlo en vida.

Y de los crímenes que usted ha sufrido, ¿ha pasado algo en términos de justicia?

He denunciado los asesinatos de mi familiar, los desplazamientos y mi abuso sexual, y no conozco ningún tipo de avance. No hemos sido ni reparados ni se nos ha contado la verdad de la tragedia que nos ha tocado vivir. La única medida de reparación que yo tengo es seguir trabajando en esta lucha para que nadie más tenga que vivir lo que yo he tenido que vivir.

Después de haber estado en el EPU, ¿qué espera del Gobierno y del país?

Que todos asumamos responsabilidades. Que se trabaje de manera mancomunada y que nos dejen de ver a los líderes y defensores como sus enemigos. Si el Estado no se articula con nosotros y con los territorios para reivindicar los derechos de las comunidades, es muy difícil que Colombia pueda avanzar. Ni nosotros podemos hacerlo solos ni el Gobierno lo puede hacer. Nos necesitamos unos a otros.

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Usted ha visto de primera mano los estragos que ha traído la implementación del Acuerdo de Paz. Pese a la tragedia que le ha tocado vivir, ¿todavía cree en él?

Sí. No quiero perder la fe y quiero ser optimista, porque no veo otra manera de salir de este conflicto. Yo moriría defendiendo el Acuerdo porque la guerra no nos deja otro remedio. Aunque haya un derrame de sangre y hoy me esté doliendo la muerte de mi gente, yo le apuesto a la paz. Hay que lograrla como sea.

* El Espectador está cubriendo el EPU desde Ginebra (Suiza), gracias a una invitación de la Red Internacional de Derechos