Un Estado de fragmentación

Hay un abismo entre los discursos que salen de Casa de Nariño y la realidad de un Estado que firma acuerdos que no sostiene y que contiene en sí mismo el germen de su desgracia. La paz necesita un Estado transparente, integrado y coherente.

Por Pablo Beltrán*.

Hablamos en Colombia con mucha ligereza del Estado. A veces confundimos Estado con Gobierno, Gobierno con Justicia, Justicia con Congreso…. Y casi siempre se habla del Estado como un mito cuasifundacional que nadie conoce pero al que todo el mundo invoca.

La realidad lo que nos dice es que Colombia sufre de un Estado de “fragmentación”, tan violento como un explosivo, tan atomizado y fragmentado que es difícil hablar con el Estado cuando se quiere dialogar con el Estado.

Durante el periodo de Juan Manuel Santos, ese que ahora agoniza, se han escuchado discursos desde la Casa de Nariño y desde algunas oficinas cercanas a esas dependencias que generaron ilusión en muchas colombianas y colombianos. Se mudó el vocabulario para hablar de paz, de diálogos, de derechos… incluso, aunque tímida y parcialmente, se comenzaron a asumir algunas de las responsabilidades que el Estado ha tenido en esta guerra prolongada.

Queda para otra discusión si los discursos de Santos y su equipo han sido coherentes con la realidad, aunque adelanto que en ese sentido se han dado vacíos imperdonables en lo que tiene que ver con la construcción de paz y, por supuesto, en lo referente a acabar con las desigualdades y la exclusión de millones de compatriotas. Pero lo que quiero plantear acá es más bien las mil y diversas cabezas de la hidra estatal. Mientras la Presidencia de la República halaba hacia un lado, el ministerio de Defensa ha halado para otro; mientras Santos verbalizaba discursos de conciliación en foros internacionales, la Fiscalía se ha encargado de reventar cualquiera de los precarios puentes de confianza que se estaban diseñando; mientras el Gobierno, en nombre del Estado, firmaba unos acuerdos de paz ya rebajados tras su estrepitoso fracaso en el plebiscito, el Congreso estaba alistando las tijeras para terminar de peluquear lo que ya era un pacto de mínimos; mientras las Fuerzas Militares pone en primera línea mediática a los oficiales con un discurso más aceptable, en el terreno las Fuerzas de Tarea Conjunta siguen comportándose como ejércitos de ocupación; mientras los señores de la guerra le cambian el nombre a la doctrina militar –ahora, ‘Damasco’- las prácticas siguen en la lógica de persecución al ‘enemigo interno’; mientras Santos hablaba de respeto a las comunidades, sus ministros boicoteaban las consultas previas en los territorios para que las ‘locomotoras’ de los megaproyectos no tuvieran freno; mientras el Gobierno prometía que las víctimas serían el centro de cualquier proceso de construcción de paz, la institucionalidad monetarizaba el dolor y sometía a las víctimas a la burocracia corrupta mientras los reclaman la restitución de tierras han visto como sus líderes y lideresas son asesinados por los mismos poderes locales que saben convertir sangre en tierras y beneficios…

Este es uno de los problemas de cualquier diálogo que conduzca a eliminar la violencia de la política y que permita transformaciones de fondo en el país: que el interlocutor no es uno, sino una hidra compleja que, además, está cruzada por actores ilegales (unos con saco y corbata, otros con armas) profundamente insertados en la economía y política locales.

Se ha cuestionado frecuentemente la unidad de mando de organizaciones como a la que yo represento, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), pero la realidad es que donde no hay unidad de mando es en el Estado. Ni Santos, ni ningún presidente hasta la fecha, ha podido o sabido controlar las múltiples cabezas que conviven y disputan en eso que llamamos el Estado de “fragmentación” y eso representa una tranca inmensa a los esfuerzos de diálogo. Esa realidad es la que subyace en los sucesivos incumplimientos de la palabra empeñada por este presidente o por aquel ministro o por ese otro responsable de una institución…

El autodenominado Estado colombiano es hábil en situar siempre el problema fuera de él: que si las guerrillas, que si el narco, que si Venezuela, que si los sindicatos… Lo que le hace falta al Estado y a la opinión pública del país es un inmenso espejo que permita, de una vez por todas, ver las fallas y construir una institucionalidad coherente, confiable y sostenible.

*Jefe Delegación de Diálogos ELN/ La Habana