Triste paz la de estos días

Es un inmenso logro el fin de una guerra, de cualquier guerra. De por si es una victoria que haya menos muertos, menos heridos, menos armas. Pero si la paz no se traduce en menos odio, en menos rabia y menos intolerancia, de ¿qué sirve?

No voy a escribir largo. Porque pareciera que la historia cambia poco. Qué triste es la paz de estos días. Qué desdibujada. ¿De qué sirve la paz si no cambia la sociedad? Durante todo este tiempo muchos hemos cantaleteado que una paz que no se conecta con la sociedad, con la educación, con la vida, no funciona.  Es un inmenso logro el fin de una guerra, de cualquier guerra. De por si es una victoria que haya menos muertos, menos heridos, menos armas. Pero si la paz no se traduce en menos odio, en menos rabia y menos intolerancia, de ¿qué sirve? Todo el trabajo y la buena voluntad de comisiones y misiones internacionales será infructuoso si no contribuye a la reconciliación, a la una cultura del reconocimiento del otro distinto y opuesto. A la paz del país, a partir de la implementación de los acuerdos. Sin ello la paz es insostenible, irreal y tiene poco sentido. Incluso, la implementación de los acuerdos pierde toda la fuerza.

La paz es para que vivamos mejor: esto es, reconocernos en nuestra humanidad, nuestra diversidad, nuestros conflictos, nuestras divergencias.

El sectarismo político y la intolerancia de toda índole, han sido el mayor combustible de las guerras en la historia colombiana. La exclusión y la ceguera no solo auspician y propician la muerte violenta, sino son las peores expresiones de la violencia. Sobra enumerar la secuencia de guerras civiles a lo largo de los siglos XIX y XX, generadas y alimentadas por el sectarismo político. Pero pareciera que esa enfermedad está viva y activa. El país no se ha curado de ese mal.

La paz pasa por dimensionar lo que significa el reconocimiento y el respeto por el otro, el que piensa distinto, el que promulga ideas diferentes. Desmontar la idea del enemigo.

De nuevo esto reitera la necesidad de un real cambio de mentalidad. Si realmente queremos hacer de la paz un nuevo modo de ser sociedad.

La educación para la paz y la formación de ciudadanas y ciudadanos no son un tema menor. La paz y la no violencia deben ser el centro de la educación. Y la recuperación de la historia como materia obligada no puede ser cualquier historia. Está demostrado en otros procesos de paz que no basta el debate político y electoral para que una paz sea sostenible. En Colombia esto tiene aún mayor sentido porque la violencia como negación del otro, está inoculada en nuestra manera de relacionarnos y convivir.

Ojalá para los candidatos y candidatas que están con la paz, y sobre todo para quienes sean los futuros gobernantes, la educación y la paz como cultura dejen de ser un valor agregado, un enunciado, y “un bonito tema”, de esos que no sobran y nunca caen mal. Ojalá le den a la paz como pedagogía de cultura de vida cotidiana, el lugar que requiere y merece para que en serio logremos cambiar la historia, y no sigamos en el círculo vicioso de las violencias que se reciclan bajo otros nombres y signos. Que dimensionemos la paz en su posibilidad de transformación política y cultural.