La OTAN y Colombia

El país no será un simple receptor de doctrina militar, sino que podrá establecer un dialogo de intercambio que servirá para la mejora de la posición geopolítica en la región

En medio de la polarización política ha llegado una noticia importante para el país y en particular para la Fuerza Pública, el acuerdo por el cual Colombia se convierte en partner across the globe, esto es, socio global de la OTAN – Organización para el Tratado del Atlántico Norte- el único en Latinoamérica, lo que sin duda conlleva importantes implicaciones.

Sin embargo, pese a la importancia de la formalización del tratado, lo cierto es que desde hace una década los lazos de cooperación entre Colombia y la OTAN han venido estrechándose, la participación de las Fuerzas Armadas en ejercicios militares en África y el incremento en la cooperación y entrenamiento son precedentes de una adhesión que no sorprende. Está claro que el estado colombiano no ingresa como miembro pleno de la organización, sino como socio global, lo cual no representa ningún tipo de compromiso en materia de asistencia militar directa ante un eventual conflicto en el que se pueda involucrar alguna de las partes. Sus implicaciones se traducirán en términos de interrelación doctrinaria e intercambio de información.

La nueva perspectiva de la seguridad y defensa en Colombia a partir del desarme de las FARC, se puede concretar en dos enfoques puntuales: el primero en seguir atendiendo la criminalidad organizada, las disidencias de las FARC y combatir al ELN, lo que implica que se mantenga una doctrina de atención a conflictos irregulares y de cara a la realidad interna. El segundo enfoque, frente al deber natural y constitucional de las Fuerzas Militares, por el cual éstas deben garantizar la defensa del territorio, las instituciones y la soberanía nacional.

En el primero, el país ha acumulado experiencia. La Policía Nacional y las FF.MM, de forma fehaciente, han demostrado su capacidad y experiencia en atención de conflictos irregulares. En el segundo hay mucho por hacer y existen claras limitaciones en material y capacidades para atender retos y amenazas convencionales y no convencionales en el entorno regional y mundial y, es precisamente en ello que la asociación con la OTAN puede traer mayores réditos.

A su vez, este acuerdo se inscribe en el marco de la política de transformación del Ejército que se viene adelantando desde meses atrás por el Comando de Transformación (COTEF) encabezado por el General Alberto José Mejía, estrategia que se acuñó bajo la expresión “héroes Multimision”. Ahora que el general se encuentra en la cabeza del Comando General, es de esperarse que continúe con su política de modernización de las Fuerzas Militares.

De manera que, aunque esta decisión no sorprende, su materialización configura importantes cambios para el país. Lo primero y más evidente es que Colombia está adquiriendo un nuevo rol en el escenario internacional y una mejora en su proyección geopolítica, esto representa una mayor madurez y una posición más sólida en el orbe. En temas de seguridad  simboliza, sin duda, una oportunidad de equiparar la doctrina militar colombiana con los más altos estándares internacionales y relacionarse con el grupo de países con mayor inversión frente al gasto de defensa en relación a su PIB (EEUU 4.5%; Turquía 4.0%; Reino Unido, 3.8%; Grecia 4.3% y Francia con el 3.3, mientras Colombia invierte el 3.5%), asunto de vital importancia en la medida que la inversión en temas de seguridad y defensa no es un lujo sino una necesidad fundamental, en tanto hace parte de la base misma de la existencia del Estado.

Esto, a su vez, implica que se puedan mejorar los canales de intercambio en entrenamiento de nacionales frente a los nuevos paradigmas de seguridad mundial: el terrorismo, la ciberdefensa y la seguridad humana, lo que en términos concretos conduce a mejorar la capacidad militar-policial del país. Del mismo modo, Colombia podrá aportar en la formación frente a conflictos irregulares de cuarta generación, lucha contra la delincuencia organizada, desminado y transiciones de paz (como el adoptado recientemente por la Policía Nacional frente a la desmovilización de grupos insurgentes). Así las cosas, el país no será un simple receptor de doctrina militar, sino que podrá establecer un dialogo de intercambio que servirá para la mejora de la posición geopolítica en la región y para el desarrollo futuro de procesos de war outsorcing y venta de servicios militares a Centro América y a los países del hemisferio occidental.

Empero, desde la teoría también podríamos resaltar algunas debilidades relativas a esta adhesión. En primer lugar, hay que señalar que Colombia no hace parte del Complejo de Seguridad del Atlántico Norte, foco principal de la OTAN y que desde la perspectiva de la seguridad podría no tener implicaciones concretas para el país. Así mismo, desde un entorno geopolítico, Colombia no tiene control de los recursos ni de las líneas de comunicación geográficas y, por ende, sobrepasa el límite de sus capacidades geográficas y de recursos.

En ese orden, esta adhesión debe valorarse positivamente en relación con las capacidades militares internas, en tanto conllevará a una mejora en la posición geopolítica nacional, un intercambio productivo en entrenamiento/doctrina y, en general, una mejor Fuerza Pública. Por supuesto, esta decisión puede acarrear implicaciones en el entorno regional, en particular, respecto de los países que riñen con la política norteamericana. Pese a lo anterior, es un paso en la dirección correcta.

Pero más importante aún es que esta decisión, invita a tomar con mayor seriedad los temas relativos a la seguridad y la defensa, no bajo argumentos populistas o económicos, sino como un elemento fundamental para el Estado y la viabilidad del proyecto nacional.