El tortuoso camino de la paz

No se puede negar que los acuerdos suscritos con Farc son un gran paso en el camino de la paz, pero también hay que aceptar que el esfuerzo debe estar ahora encaminado a enfrentar a otros actores de la nueva violencia para que podamos hablar el idioma de una paz estable y duradera.

Filósofos como Nietzsche, Schopenhauer, Sartre, Kierkegaard, reflexionaron sobre la condición humana y el pesimismo que la aborda frente a su existencia. Nada más oportuno para reflexionar sobre nuestro momento actual y el escepticismo reinante frente a la cacareada “paz estable y duradera” que tanto anhelamos,  cuyo camino no ha sido fácil de recorrer. Justamente, la filosofía nos anima a dar salidas a todo aquello que a veces resulta insuperable y a encontrar respuestas  a los problemas sociales, políticos y existenciales.

Esta apreciación sobre las dificultades de allanar el camino de la paz la demuestra palmariamente hechos recientes. Los ataques del ELN contra la Fuerza Pública, a la infraestructura y a la economía del país; las acciones delictivas por las estructuras criminales y la muerte de líderes sociales son muestra fehaciente de que la violencia sigue imperando en Colombia. Eso sin contar con la presencia de los disidentes de las Farc en 48 municipios del país y el incremento en sus hombres.

En el informe anual rendido por el director del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Colombia, Christoph Harnisch, es evidente que queda mucho trecho para que se pueda decir que en las regiones  azotadas por el conflicto hay paz: “Sigue la guerra, no hay ningún cambio en su realidad. La paz no ha llegado como lo demuestran las víctimas, quienes no ven los cambios prometidos en el acuerdo de paz con las Farc”. La implementación de los acuerdos es burocrática y paquidérmica, así no sea aceptado y reconocido por el Gobierno.

Como recientemente lo señaló el ensayista y escritor Francés Thierry Wolton, a propósito del lanzamiento de su libro en tres volúmenes “Comunisme”, una historia mundial y crítica del comunismo, al responder a una pregunta sobre la participación política de las Farc: “La impunidad pone efectivamente un problema no político, sino moral, no solamente a nombre de quienes sufrieron la guerrilla, sin olvidar los muertos, claramente”…Se puede entender la voluntad de cambiar la página, pero si el pasado no es depurado, resurgirá seguramente de una manera u otra. No se trata de venganza, sino de justicia. Hubiera sido preferible para Colombia depurar primero el pasado y no a posteriori. Es un riesgo de envenenar la democracia”.

Precisamente, los actos de rechazo a sus campañas políticas son una manifestación de indignidad de parte de la sociedad civil,  que se ha debido prever en los acuerdos para que se pasara primero por el tamiz de la justicia antes de hacer política. A los miembros de las Farc se les concedieron curules en el Congreso sin pasar por la Justicia Especial para la Paz (JEP), permitiéndoles entrar a la arena política, sin reparar a las víctimas, sin reconocer su responsabilidad y decir la verdad sobre los diferentes crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad. Me pregunto: ¿y las víctimas acaso no son el centro de del sistema de verdad, justicia, reparación y de no repetición? Se comenzó por el final y esperamos que ese final no sea, así suene pesimista, -como aquellos filósofos mencionados que miraron con claridad las realidades sociales-, un nuevo generador de odio, resentimiento, violencia y de no reconciliación.

No se puede negar que los acuerdos suscritos con Farc son un gran paso en el camino de la paz, pero también hay que aceptar que el esfuerzo debe estar ahora encaminado a enfrentar a otros actores de la nueva violencia para que podamos hablar el idioma de una paz estable y duradera.

Las víctimas y la sociedad civil esperan que la JEP y demás instituciones creadas  cumplan a cabalidad su mandato y con el objetivo de los acuerdos. No en vano la Corte Constitucional ha resaltado en sus decisiones la importancia del Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y de No Repetición. No pasemos por alto que la impunidad es uno de los mayores peligros para la estabilidad democrática de una nación.

Mientras tanto, a la Fuerza Pública se le debe dar todo el apoyo legal, material, sin camisa de fuerza, salvo las que le obligan por su misión constitucional y legal   para combatir a todos los agentes generadores de violencia que no se sometan a la institucionalidad. Pero esto debe ir de la mano de políticas públicas claras y la firme decisión de llegar a las regiones para suplir sus necesidades y dar el gran salto al desarrollo que durante años ha estado ausente por la misma corrupción y negligencia de quienes están a cargo de las instituciones. Debemos evitar que otros grupos al margen de la ley ocupen los espacios dejados para las Farc. Sin estas acciones, simplemente esto será un “saludo a la bandera” que conducirá al recrudecimiento de la violencia.

Hay que despertar del letargo, siendo no solo vigías de la implementación de los acuerdos, sino también partícipes de la democracia, desde las diferentes esferas de la sociedad civil, que no puede ser una convidada de piedra a las decisiones políticas que se tomen. Aprovechemos con optimismo esta oportunidad histórica y seamos protagonistas para que la paz se convierta en estable y duradera.