Cúcuta y su régimen paramilitar

La misma ciudad donde un proyecto que pudo ser lindo como el de su universidad pública, fue casi que exterminado por considerar subversivas carreras como la Historia, Filosofía o Ciencias Políticas.

¿Cómo es posible que una ciudad sea gobernada por su ex alcalde desde la Picota, y que su esposa sea la secretaria de Posconflicto, una de las carteras más importantes por los desembolsos que representa, y que como si fuera poco, el alcalde actual César Rojas no tenga en cuenta lo que dice el gobierno nacional y pase por encima de la constitución todo el tiempo como en el caso de la manifestación contra Petro?

 Es la misma ciudad en donde algunos taxis (he contado más de diez) tienen en un costado la imagen de Pablo Escobar. O la discoteca más importante tiene una pintura gigante del capo mirando a la gente mientras baila. La misma ciudad donde un proyecto que pudo ser lindo como el de su universidad pública, fue casi que exterminado por considerar subversivas carreras como la Historia, Filosofía o Ciencias Políticas.

Es la ciudad donde los funcionarios de la administración pública pagan en los barrios más pobres veinte mil pesos para que vayan a sabotear candidatos presidenciales. O la ciudad donde la Iglesia católica, representada en uno de sus sacerdotes con algún funcionario público ha robado el dinero de los restaurantes escolares que daban de comer a los niños de los barrios marginados.  

Es la misma ciudad que irradia decadencia con decenas de personas durmiendo en la calle mientras un BMW último modelo pasa despacio para no estropearse con los huecos del asfalto. O donde la gente del común, ya comenzó a validar en sus discursos la necesidad de la “limpieza social” incluso con las personas venezolanas que llegaron huyendo.  

Esta es la ciudad que se quedó sin brisa y sin pamplonita, hasta el río se secó porque lo desviaron para una multinacional. La ciudad donde uno de sus senadores más representativos golpea a las patadas a un artista en el aeropuerto que le reclamaba por su largo dossier de corrupción. Una ciudad sin industria pero con personas que humillan a los demás con sus enormes riquezas mafiosas.

¡Señoras y señores, esta es la ciudad de Ramiro Suarez Corso, del Iguano, de César Rojas, de los Corso, de los Cristo! La ciudad que no acata ni la Constitución. La misma que casi asesina a un candidato presidencial por ser de izquierda. La mismita que persigue a personas de orientación sexual diversa, líderes comunitarios que no comulgan con el régimen, ¡porque aquí hay un régimen!. 

 Un régimen enquistado como un tumor canceroso heredado a bala, coca, masacres contrabando, hornos crematorios. Un régimen que le disputa el poder incluso a Bogotá, manejado por una alcaldía tan sucia y mafiosa como el señor que les dice qué hacer por Skype desde la Picota. Un régimen que la gente de a pie aceptan sometidos o simplemente como única forma de supervivencia.

Pero sobre todo, un régimen muy bien amarrado entre empresarios, narcotraficantes, contrabandistas, instituciones incluso como las Iglesias, fuerzas armadas y familias tradicionales. Un régimen que se nutre por narcos venidos de otros lugares del país, del dinero público y los contratos. Un régimen que las personas identifican pero se lo apropiaron a las malas como suyo y hoy lo respiran como algo normal. Tan normal como dispararle a un candidato presidencial.

Realmente no sabemos que vaya a pasar si la ciudad continúa como va, y sobre todo si el gobierno nacional no interviene en esta pequeña “república independiente del paramilitarismo”, como mencionaba alguien por ahí. Porque en esto se ha convertido Cúcuta, una republiqueta sin dios y sin ley. Un villorrio perdido en la nada y abandonada a la suerte de las mafias. En un lugar tan peligroso, que ser o pensar diferente es cargar todo el tiempo en la calle con la lápida al cuello, el maltrato o el estigma social.

Cúcuta es la fotografía del país, ya lo sé, pero como duele verlo. Una ciudad que se termina de caer a pedazos ante la triste indiferencia de sus ciudadanos y la corrupción de sus instituciones de gobierno, pero sobre todo el silencio del gobierno nacional. Sin embargo, los templos siguen llenos, las discotecas atestadas cada fin de semana. Las personas siguen vendiendo sus votos o cuando no, siguiendo las directrices que el capo señala desde la cárcel por Skype, porque al fin de cuentas aquí no pasa nada. Todo está muy bien.

¡Es hora de que el gobierno nacional haga algo!